Wednesday, August 02, 2006

Termodinámica

Bajo el sol tórrido, Pirlosky suda la gota gorda, inmóvil sobre su cajón. Los escasos paseantes le miran de reojo.
Las largas horas de inmovilidad han agudizado la sensibilidad de su cuerpo. Percibe los latidos de su corazón como cataclismos siderales, la circulación de la sangre como las cataratas del Iguazú, el metabolismo del páncreas como una fundición, las fibras de sus músculos como los cables de acero de un puente. Un ruido de fondo abrumador, de reactor nuclear sobrecalentado, delata la actividad febril de su sistema nervioso. Pirlosky siente en su pecho cómo se va formando un remolino denso y creciente que amenaza con hacer papilla su triste encarnadura.
¡Aprieta los dientes, Pirlosky!
Cuando ya el dolor se le hace insoportable, grita. Grita con todo el alma, pero ni un triste sonido sale de sus labios.
Bajo un solano implacable, Pirlosky se curra la estatua.