Una mañana otoñal, mientral Pirlosky se preparaba para el tajo, por la acera de enfrente apareció un tipo arrastrando un cajón de madera. Cuando llegó a su altura soltó el objeto, le miró fugazmente y comenzó a sacar unos ropajes blancos del interior. Lentamente se vistió, se colocó una peluca y procedió a maquillarse el careto también de blanco. Mientras, Pirlosky observaba.
Para aquel momento, la gente ya acudía a sus obligaciones invadiendo todo el espacio de la calle y algunos miraban a los dos mamarrachos brevemente.
El nuevo se subió al cajón, realizó algunos gimnásticos estiramientos e inmediatamente adoptó una postura que recordaba de forma lejana al Pensador de Rodin.
De repente, no pudo Pirlosky evitar sentirse un imbécil al lado de aquel intelectual. Recordemos que Pirlosky se había hecho un hueco en el mundillo de la inmovilidad gracias a su recreación de un armadillo desenterrando algunas nueces. Avergonzado, pero convencido de que era demasiado tarde para improvisar, se subió a su cajón como todos los días, dirigió una mirada amedrentada al recién llegado, y comenzó a flexionar, curvar, tensar y enderezar su cuerpo hasta que finalmente alcanzó la postura que ahora se le antojaba como ridícula.
Pirlosky cerró los ojos deseando que aquel día terminase pronto.
Para aquel momento, la gente ya acudía a sus obligaciones invadiendo todo el espacio de la calle y algunos miraban a los dos mamarrachos brevemente.
El nuevo se subió al cajón, realizó algunos gimnásticos estiramientos e inmediatamente adoptó una postura que recordaba de forma lejana al Pensador de Rodin.
De repente, no pudo Pirlosky evitar sentirse un imbécil al lado de aquel intelectual. Recordemos que Pirlosky se había hecho un hueco en el mundillo de la inmovilidad gracias a su recreación de un armadillo desenterrando algunas nueces. Avergonzado, pero convencido de que era demasiado tarde para improvisar, se subió a su cajón como todos los días, dirigió una mirada amedrentada al recién llegado, y comenzó a flexionar, curvar, tensar y enderezar su cuerpo hasta que finalmente alcanzó la postura que ahora se le antojaba como ridícula.
Pirlosky cerró los ojos deseando que aquel día terminase pronto.

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