Élitros
Como no podía dormir, Pirlosky se fue muy temprano a la esquina donde hace la estatua. Mientras la ciudad despierta, entre las sombras, Pirlosky se enmascara con un potingue amarillento. Un basurero que riega las calles le ha visto, aunque no se esfuerza mucho en no mojarle al pasar cerca.
Mientras aguarda, Pirlosky observa los regatillos del agua por las aceras: el agua negra tiene un olor intenso pero que se esfuma pronto. En medio de la calzada aparece de repente un pequeño gladiador con su coraza de cobre. Sus seis patas le plantan delante de Pirlosky en un santiamén. Se yergue y agita sus antenas en señal de saludo y buenos días. Con un reflejo metálico de su braquitórax responde al primer rayo de sol de la calle. Pirlosky quiere corresponderle ofreciéndole como desayuno un poco de la pringue mantecosa con que se está maquillando. Con uno de sus dedos embadurna una pizca del bordillo. El guerrero se frota las antenas de gusto y se dirige hacia la cuneta.
Un hedor a estiércol y a leche podrida destila el camión del lechero cuando machaca al orgulloso coleóptero.
Pirlosky se sube a su cajón.
Como no podía dormir, Pirlosky se fue muy temprano a la esquina donde hace la estatua. Mientras la ciudad despierta, entre las sombras, Pirlosky se enmascara con un potingue amarillento. Un basurero que riega las calles le ha visto, aunque no se esfuerza mucho en no mojarle al pasar cerca.
Mientras aguarda, Pirlosky observa los regatillos del agua por las aceras: el agua negra tiene un olor intenso pero que se esfuma pronto. En medio de la calzada aparece de repente un pequeño gladiador con su coraza de cobre. Sus seis patas le plantan delante de Pirlosky en un santiamén. Se yergue y agita sus antenas en señal de saludo y buenos días. Con un reflejo metálico de su braquitórax responde al primer rayo de sol de la calle. Pirlosky quiere corresponderle ofreciéndole como desayuno un poco de la pringue mantecosa con que se está maquillando. Con uno de sus dedos embadurna una pizca del bordillo. El guerrero se frota las antenas de gusto y se dirige hacia la cuneta.
Un hedor a estiércol y a leche podrida destila el camión del lechero cuando machaca al orgulloso coleóptero.
Pirlosky se sube a su cajón.
